Salió de aquel sitio con la sensación de que le habían tomado el pelo, no comprendía cómo un par de cartas al azar podían adivinar la edad de su futura pareja, ¿dónde estaba escrito eso? ¡Habladurías!” - Pensó.
Ella sólo quería saber si su futuro iba a ser fructífero, si tendría unos hijos sanos y si su vida amorosa sería estable y digna de un cuento de hadas, pero no, la vieja esotérica se centró en la edad de su hipotético novio y el cambio que éste produciría en su apacible y monótona vida. “¡Menuda estafa!”. - Balbuceó mientras iba camino a casa.
Siempre había sido una chica con unos ideales muy arraigados en cuanto a temas de amor se refería. Su hombre ideal debía tener entre dos y siete años más que ella, de estatura media, complexión atlética y carente de bello corporal. También tendría que tener una carrera universitaria, un trabajo asentado y ser todo un caballero. Sí, así se imaginaba a su ficticio marido, "el hombre perfecto". Quería satisfacer el deseo de sus padres de conseguir un buen yerno para ellos y tener una imagen encantadora para el resto de la sociedad, una imagen nada fuera de lo común que le permitiera pasar desapercibida sin rumores de por medio y a la vez que fuera muy especial para ella.
- ¡Ey, cuidado! ¡Mira por dónde vas!. - Le gritó a un señor trajeado que iba hablando por teléfono totalmente despistado.
- ¡Qué se creerá!- Caviló. La gente mayor cree que pueden mirarnos por encima del hombro y pisotearnos sin escrúpulos.
- Le ruego que me disculpe bella señorita, la vi de lejos y no pude evitar tropezarme con usted buscando una excusa para conocerla. – Alegó el caballero de una forma muy seductora.
Sorprendida por la respuesta del desconocido galán agachó la cabeza y sonrojada pidió disculpas por su mala gana, nunca nadie le había entrado con tanto descaro y a la vez con tanta educación. En cualquier otra circunstancia hubiese pensado que es el típico viejo verde acomplejado por su edad que intenta recuperar su juventud acostándose con chicas a las que le dobla la edad, pero esta vez no presintió nada de eso, había algo en sus ojos que la hechizaban.
- ¿Estás bien? No quise ser demasiado atrevido, pero siempre hago caso a mi intuición y en esta ocasión me dijo que debía conocerte, y nunca me gusta llevarle la contraria.
- Supongo que mi intuición o el propio destino también quiso que nos encontráramos hoy en el mismo camino. – Le contestó ella sin apartar la mirada del claro iris de sus ojos.
No era joven, no estaba atlético, no tenía hecha ninguna carrera universitaria y tenía bellos en todo el cuerpo menos en donde tenía que tenerlos, en la cabeza. Eso no le impidió querer conocerlo, había algo en él que la atraía, era muy diferente al resto.
A partir de ese día pasaron juntos todas las tardes a escondidas; tomaban café, compartían risas y debatían sobre política.
La estudiante estaba muy a gusto con él y se sentía protegida. Sus vidas no tenían ningún parecido pero eran extrañamente iguales; ambos cansados de una sociedad ignorante que se rige por estereotipos y ambos deseosos de encontrar la perfección en una relación. Seguían pasando los meses y su amistad aumentaban, no podían plantearse una vida en el que el otro no estuviera; la juventud aportaba a la madurez y la madurez aportaba a la juventud, los dos unidos formaban un perfecto equilibrio.
Dieron un paso más, querían fundir sus almas y hacerlas invencibles, hacerlas eternas. Entre el mar y la playa hicieron el amor bajo un cielo estrellado que se convertiría en testigo de la más sincera y bella relación, sin miedos, sin prejuicios, olvidando el que dirán y sintiendo a través del corazón pero con una pequeña diferencia entre ellos; ella con diecinueve años y él con veinte más.



