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lunes, 13 de enero de 2014

SOBRE TU TUMBA

Anochece en este paraje insólito que poco me tiene acostumbrada. Mi sombra va desapareciendo ante la atenta mirada de mi alma enfermiza que hunde sus pies en la tierra mojada. Sobre tu tumba descansa las vísceras de tu eterna amante. Sesos esparcidos por toda la lápida te reciben con todo su hedor . 
Una pistola recién usada yace inmóvil en la arena  húmeda de tu alcoba y una mano estremecedora se va deslizando por las pequeñas raíces del árbol centenario que vigila tu estancia. Comienzan a caer las primeras gotas del otoño y con ellas la tierra va enterrando el cuerpo sin vida de tu amor que se hunde en un barrizal de sangre. Aquí estoy yo, hacha en mano desprendiendo los miembros de su cuerpo para hacer más ameno su entierro y aprovechar el espacio de tu lecho de muerte. 
Acompañada por el sonido de los huesos quebrajados de mi afilada herramienta y el silencio sepulcral que caracteriza este momento, me dispongo a unir  cada miembro como si de un puzzle se tratase. Coloco los brazos en cada esquina. Las manos las junto con las muñecas. Las piernas las deposito en la parte inferior del agujero negro.  El tórax lo encajo en el centro de las piezas. Los pies me los llevo de recuerdo. Y para terminar, la cabeza  la posiciono en la parte superior mirando al cielo, para que lo primero que vea sea mi cara de satisfacción y tranquilidad. ¡Y ya está casi todo hecho! Sólo queda mostrarte el trabajo que me ha costado tanto realizar. 
Ahora veo la vida de otro color, quizás de un tono rojizo intenso, pues las salpicaduras de mi obra de arte penetraron en mis pupilas. Recojo la pistola testigo del fatal desenlace, y me dirijo al coche. Abro el maletero y con una gran sonrisa te doy la bienvenida a lo que será tu nuevo hogar.

lunes, 1 de octubre de 2012

UN TRIUNFO AMARGO

Desde las gradas observo ensimismada el partido. Tan sólo quedan dos minutos para su final y ambos equipos permanecen empatados. El ambiente se vuelve hostil; el público abuchea a los jugadores, el entrenador escupe una gran verborrea digna de estudio, los suplentes parecen estar poseídos y el árbitro comienza a difamar. En una esquina permanece casi inerte un jugador que resalta por su baja estatura y su extrema delgadez. Podría decirse que es el bufón del equipo; ese al que abuchean, ridiculizan y olvidan que existe cuando todos regresan a casa. En un desesperado intento por hacer cambiar la opinión de todos los allí presentes comienza a correr como nunca lo había hecho, algo sobrehumano había despertado en él. Con gran rabia consigue rescatar el balón, toma impulso saltando sobre la espalda de un compañero y anota el tanto del triunfo. Los espectadores se vuelven loco con él; le ovacionan, le tiran flores y reclaman su nombre, Pero nada pueden hacer para reavivar su débil y triste corazón que dejó de latir antes de tocar el suelo.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

QUERIDA CRISTINA


Soledad Sin Calzada
C/ San Vacío, nº Ninguno
CP/ 13666
En San Francisco, a 7 de Agosto de 1969


Querida Cristina, qué decir que ya no sepas, porque allí estabas tú.

Sola, así era como pasaba las horas antes de conocerte. 
En un banco del parque desayunaba todas las mañanas acompañada por el cantar de los pájaros y el murmullo de la gente que pasaba por mi lado con cara desencajada. Allí estabas tú, pero yo inmersa en mis fantasías no notaba tu presencia; mi manía persecutoria te borraba de mi foco perceptivo. Voces que decían, voces que criticaban, voces y más voces que me dañaban. ¡Maldita sea! ¿Por qué no se callan? Más gente y a su vez más voces. No conseguía verte, el zumbido de un mosquito me distraía y el llanto de un niño me irritaba. ¿Por qué no se calla? 
Sonó la campana. Agitada me levanté, me dirigí a clase y allí estabas tú, sentada, mirándome fijamente, parecías llamarme con tu silencio, y así fue. Me senté a tu lado alejadas del resto de la clase. ¡Qué agradable! Al fin alguien que no decía, que no murmuraba, que no criticaba. Te miré. Me miraste. Te sonreí. Me sonreíste. Agachando la mirada sonrojada sentí tu aliento recorrer todo mi ser. Hasta ese momento no recuerdo una sensación tan hermosa como tu resuello en mi cuello; una brisa fresca que me llenaba de energía y paz interior. A partir de ese día nos hicimos inseparables, tú, yo y mis historias inalcanzables. Ya no volví a desayunar sola en aquel parque. Estaba contigo acompañada por las voces de esos primates; voces que decían, voces que criticaban, voces que reían pero ¿por qué no se callan? Y ahí estabas tú. Me hacías olvidar aquellos sonidos virulentos que penetraban en mis sentidos. Me rozabas la mano y erizando toda mi piel calmabas mi ser más inicuo, ese que estaba deseando salir para cometer el mayor de los pecados.

Pasamos largas horas en casa frente al espejo. Me peinabas. Te peinaba. Me sonreías. Te sonreía. Siempre estabas ahí cuando lo necesitaba. Eras la única que me escuchaba, que me entendía, que me aconsejaba.
Dibujábamos paisajes en las paredes mientras las voces de mis padres decían, murmuraban, gritaban. “¿Qué estás haciendo?” “¡Para!” No necesitaba a nadie más, ni siquiera a mi familia, todos representaban un incordio. ¿Por qué no me dejaban ser feliz a tu lado?
Quisieron separarme de ti. Pensaban que estaba loca, que por hablar contigo había perdido toda la cordura. Aún así nos veíamos de vez en cuando pero nuestros encuentros se iban reduciendo a medida que pasaba el tiempo, esas pastillas del diablo me hacían olvidar todo tu recuerdo. No lograba recordar donde quedábamos, a qué hora te veía, a qué hora nos despedíamos. 
Dejamos de vernos. ¿Qué pasó? ¿Dónde estás? Te echo de menos.

Estoy entre cuatro paredes blancas, otra vez sola.
¿Cuándo fue la última vez que estuvimos juntas? No lo sé, no lo recuerdo.
¿Y mi familia? ¿Por qué no sé nada de ellos? ¿Qué está sucediendo?
Voces extrañas procedentes de gente con bata blanca hablan, murmuran. Dicen que presento ideas delirantes, alteración de la percepción, distorsión del pensamiento, aislamiento, negación de la realidad y abulia; diagnóstico, esquizofrenia paranoide. 
Hace poco me regalaron un espejo por mi buen comportamiento y... te vi, ¡eras mi reflejo! ¡Sabía que no me abandonarías! Ahora cada mañana al despertar me dirijo al gran cristal que hay colgado en la pared para poder estar contigo. Me pongo justo enfrente y ahí estás. Te miro. Me miras. Te sonrío. Me sonríes. Agacho la mirada sonrojada y recibo un hálito de aire en mi cuello que me alegra la mañana. Estoy feliz porque sé que existes, yo te veo pero nadie lo admite. Quizás andan más preocupados en las voces que dicen, que critican, que murmuran al igual que hacía yo antes.
He dejado de tomar esos caramelos de colores que me borraban tu recuerdo. Ahora soy feliz porque estás aquí, callada, sin decir nada.
Porque creo y creeré en ti.

Soledad Sin.

martes, 28 de agosto de 2012

A QUÉ HUELE LA MUERTE


Postrado en una cama sin movilidad alguna observo la ventana que ilumina la oscuridad de mis ojos, esos mismos ojos vacuos que una vez visualizaron el dolor de una batalla perdida.
Yo, aprendiz de aventurero. Ellos, guerreros con experiencia. Por aquel entonces no supe defenderme, no estaba preparado. La vida no te enseña con antelación estrategias para resolver problemas y conflictos, solo deja que caigas en numerosas ocasiones para levantarte en cada una de ellas y aprender en cada uno de ellas.
Lloras. Gritas. Huyes. Te encierras en ti mismo y resurges.
Yo nunca me levanté, me hundí en lo más profundo del olvido atrapado por esa sensación de vacío que mi propia mente creaba como castigo. En ese abismo, de amargura sin sentimientos de los que poder alimentarme, caí abatido y morí.
Ahora muerto en vida camino sin rumbo, sin esperanza. Me desplazo con desazón en una burbuja de humo producida por ese cigarrillo a medio terminar en el cenicero. Impregnado por el olor a ceniza mezclo mi esencia con desamparo y soledad, con olvido y melancolía, con suplicio y paz.
Hoy, condenado a vagar con este hedor anodino, cuento con ansia los días que faltan para desintegrar el material del que estoy hecho y así completar la fase de esta muerte de la que soy prisionero, pues ni siento ni padezco, sólo soy un bulto más al que enterrar.

sábado, 7 de mayo de 2011

Y DECIRTE TE AMO


A LA ATT. DE ARTURO GAVILÁN 
C/ San Valentín, nº 14
 29647 | Málaga 

 Querido Arturo, dicen que nunca es tarde para decir lo que sientes. 

¿Recuerdas cuando nos conocimos? Apenas teníamos siete años. Te vi en el patio del recreo sentado solo en aquel columpio viejo y oxidado; no te balanceabas, permanecías inerte; tenías una mirada perdida, quizás pensativa, tan profunda que llamó mi atención y no pude evadir ese sentimiento de empatía. Me acerqué por curiosidad y me senté a tu lado sin pronunciar palabra. Una sonrisa recíproca y sincera bastó para crear un vínculo de amistad inmediato que nunca se rompería, una complicidad inexplicable que escapaba a nuestro propio entender y aún sigue escapándose. 
Con el paso del tiempo forjamos un lazo afectivo irrompible, éramos dos en uno, no nos hacía falta hablar para saber lo que pensábamos, con una mirada lo decíamos todo. 
Los años pasaban y nuestros cuerpos y mentes maduraban. Tú, sumergido en innumerables relaciones esporádicas que no acababan de cuajar, no te llenaban y no sabías el por qué; yo, retraída en mi mundo de celos por ti, me gustabas y tenía que conformarme con ser el hombro en el que llorabas tras tus numerosas rupturas. 
Sabes, pasó toda nuestra adolescencia y no te hice ver que te amaba, pues tenía miedo de besarte y que me rechazaras, que me besases y me gustara, tenía miedo de querer más de ti y que te alejaras, que se acabara nuestra conexión y desaparecieras de mi vida. Seguían pasando los inviernos y mantenía reprimidos mis sentimientos hacia ti. A veces imaginaba que te sucedía lo mismo que a mí, que no dabas un paso adelante en nuestra relación por miedo a estropearla y perderme como amiga, que eludías los besos en la comisura por miedo a desviarlos hacia mis labios. Sí, eso creía y deseaba. 

Hace un par de días me levanté de la cama eufórica. Tenía la necesidad de gritar a los cuatro vientos que estaba enamorada de ti, además, se acercaba San Valentín y ambos estábamos solteros y sin compromiso. No lo pensé dos veces; cogí el teléfono y te llamé con la excusa de cenar juntos el 14 de febrero para celebrar los veinte años de nuestra bonita amistad, una mentira piadosa para pasar contigo ese romántico día y decirte “te amo”. 

Y por fin llegó el día. Mis nervios comenzaron a aflorar sólo de pensar en esa cena tan especial, tú y yo solos con la única compañía de las velas y la luna llena. Llegó el momento. Entusiasmada saqué toda mi ropa del armario para decidir qué galas iba a lucir. No te rías de mí, pero me sentía como una niña a la espera de su primer encuentro amoroso, con ese brillo especial en los ojos y los nervios a flor de piel. 
Cayó la noche y por fin escogí lo qué llevaría puesto para nuestra primera cita; un vestido ajustado de color rojo, unos tacones de salón, un reloj dorado y una americana beige. Estaba ansiosa por escuchar el timbre que anunciaría tu llegada... De repente sonó el teléfono, ese maldito teléfono. 

He aquí el que iba a ser mi gran día, vestida de luto y con el lápiz de ojos corrido. Ese conductor borracho no frenó a tiempo, dice que no te vio. He tenido que presenciar cómo desaparecías entre la tierra y el mármol, cómo te arrebataban de mi lado y cómo perdía una parte de mi esencia para darme cuenta de que dejé pasar demasiado tiempo. Sobre tu tumba yace inmóvil mi alma arraigada en tu recuerdo. Apenas me quedan fuerzas para escribir estas últimas palabras de despedida, las pastillas me están haciendo efecto y a duras penas puedo mantener el bolígrafo sobre el papel. Mis ojos se cierran poco a poco y mi cuerpo desvanece lentamente en el frío mármol que oculta tu efigie. Ha llegado la hora, pronto volveré a estar junto a ti y al fin podré decirte “te amo”. Porque ni la fría muerte logrará separarnos. 

Tu amada amiga.

domingo, 1 de mayo de 2011

LA ÚLTIMA NOCHE


Es una noche como otra cualquiera, monótona. Camino por los suburbios de la antigua ciudad de París rodeado de mafias, prostitución e indigentes que me agarran de la mano rogando su salvación.
Prometí dejarlo, dejar mis vicios de sexo y drogas, dejar de visitar esos antros donde la oscuridad y el anonimato son mis únicos acompañantes. Sí, prometí que esta sería la última noche, me despediría de esas almas enfermizas que aclaman mi cuerpo día tras día. Se lo prometí a mi mujer y a mis hijos.
Entro en Babylon como de costumbre pero esta vez el nerviosismo me invade por completo, parece haber cambiado todo; la estética del lugar ha adoptado un aspecto más siniestro si cabe, un aspecto que deja entrever que el sitio no es apto para cardíacos.
- Si entras, no podrás salir. – Me susurra al oído la nueva recepcionista.

Al oír esa voz mis pupilas se dilatan y comienzo a sentir cada latido de mi corazón. Algo no va bien. A pesar de mi desconfianza sigo adelante por este pasillo alumbrado únicamente por antorchas doradas que desprenden un calor abrasador. Llantos y gemidos acompañan el sonido de mis pasos que asustados tropiezan con cada escalón de la estancia.
Llego al final y una sala rodeada por espejos me da la bienvenida, en medio, una gigantesca alfombra roja repleta de personas que se mueven al unísono. Me acerco para unirme a esa gran orgía de sodomía por última vez, pero mis pies se hunden en el suelo, un lago de sangre invade mi ropa que comienza a teñirse de rojo. De repente, siento una mano en mi hombro, me giro y atónito caigo al suelo; soy yo. Estoy en el infierno. Intento recordar los últimos días de mi vida pero todos mis recuerdos empiezan caminando por el barrio de Pigalle y terminan en este mismo lugar, este maldito lugar. Soy prisionero de un bucle que no comprendo. Apoyo las manos en el suelo para intentar incorporarme, pero siento un dolor intenso que bloquea toda posibilidad de levantarme; me duelen las muñecas que parecen estar cortadas.

lunes, 18 de abril de 2011

INVEROSÍMIL


Perdona pero quiero casarme contigo porque no encuentro motivos para no hacerlo.

Nunca imaginé que llegaría ese día en que romperían la coraza que me protegía del amor, que me defendía del dolor que causa una ruptura. Nunca imaginé que fueras tú. No eras la persona con la que había soñado, ni siquiera eras la adecuada. Apareciste de la nada de forma sigilosa y haciendo contraste con el ambiente ruin que me rodeaba; no era nadie, sólo era un bulto más al que alimentar. Pinchaste la burbuja que me evadía del mundo real con tu presencia y rompiste mis esquemas con tu elocuencia. 
Sí, tú fuiste la causa que hizo latir de nuevo mi corazón, un órgano que permanecía latente dentro de mi ser. Me devolviste la vida con tu sabiduría. Me otorgaste un nuevo significado de la palabra amor; amistad, valoración y atención se convertirían en los tres pilares básicos de mi vida. Me enseñaste a recibir caricias y devolver besos. Me preparaste para afrontar acontecimientos aversivos de forma positiva. 
Me enseñaste a sentir. Sabes que no suelo ser redundante pero esta vez debes disculparme; no quiero que mis sentimientos caigan en el olvido de tu memoria a largo plazo. No quiero ser una más. Quiero ser esa persona que esté siempre en tu mente, que a pesar de la distancia nunca perdamos la conexión que hemos forjado con tanta ansia. Quiero casarme contigo para demostrar a esta hipócrita sociedad que podemos romper cualquier barrera impuesta, que sólo nosotros reconocemos que nuestra pasión no será eterna, pero que nuestro amor nunca desvanecerá aunque caigamos en brazos de otros amantes. Quiero ser tu esposa, porque cuando nuestras almas se unan ni el divorcio borrará nuestra incomprendida relación.

domingo, 27 de marzo de 2011

MICRORRELATOS


MI ÚLTIMO VIAJE (Extensión máxima 70 palabras)
Anduve por ese paraje insólito bajo la lluvia otoñal. Mis pies descalzos mostraban arañazos de los rosales que me acompañaban en ese viaje. Cansada, me senté en aquel acantilado que me regalaba unas vistas de ensueño, unas vistas que cualquier incauto desearía poder disfrutar. Acompañada por el sonido inquebrantable de las olas del mar al romper en las rocas mis mejillas dibujaron lágrimas de dolor, estaba huyendo de mi asesino.


UN TRIUNFO AMARGO (Extensión máxima 160 palabras)
Desde las gradas observo ensimismada el partido. Tan sólo quedan dos minutos para su final y ambos equipos permanecen empatados. El ambiente se vuelve hostil; el público abuchea a los jugadores, el entrenador escupe una gran verborrea digna de estudio, los suplentes parecen estar poseídos y el árbitro comienza a difamar. En una esquina permanece casi inerte un jugador que resalta por su baja estatura y su extrema delgadez, podría decirse que es el bufón del equipo; ese al que abuchean, ridiculizan y olvidan que existe cuando todos regresan a casa. En un desesperado intento por hacer cambiar la opinión de todos los allí presentes comienza a correr como nunca lo había hecho, algo sobrehumano había despertado en él. Con un gran odio consigue rescatar el balón, toma impulso saltando sobre la espalda de un compañero, anota y antes de que sus pies rocen el suelo su corazón deja de latir. 
 

MI PRIMER BESO (Extensión máxima 160 caracteres por microrrelato)
(1) Aún recuerdo sus labios, su aroma, el rozar de sus cabellos en mi cuello y sus manos de terciopelo. Desperté y mi primer beso sólo fue un dulce sueño.

(2) He aquí tumbada tal cuál bella durmiente a la espera de ese príncipe azul que me despierte. De repente, recibo en mis labios mi primer beso y cierran el ataúd.

jueves, 20 de enero de 2011

CUANDO PRESIENTES QUE TODO ACABA


Vives con la constancia de que tu vida será corta.
Entre risas escondes tu futuro cercano que a nadie le gustaría oír pero que sin embargo tú no puedes huir de su presencia. Comienzas a ser feliz porque presientes que muy pronto la claridad se teñirá de negro. Sabes que ésta es tu última oportunidad para dejar un recuerdo hedonista en todos ellos y borras cualquier lágrima que haya podido caer por tus mejillas tiempo atrás.
Hoy olvidas porqué permaneciste durante tanto tiempo en las tinieblas de tus lamentos, ni tan siquiera puedes explicar a qué viene este cambio tan brusco de actitud. Te preguntas por qué tu corazón se acelera cada vez que te duchas, cada vez que sales a la calle, cada vez que te acuestas, cada vez que coges el coche y penetras en una selva de leones que van a cuatro ruedas. Inquietud, tu nuevo amante que despojó a la soledad de su trono, que echó de la cama al miedo, que venció al orgullo. Ahora tienes una nueva palabra que ocupa cada terminación nerviosa de tus neuronas la cual te está produciendo un tremendo insomnio, la odias.
Pasan los días y tu felicidad se consume; Pareces que te has convertido en un ser inerte sin energía, sin motivación, sólo esperas sentado en ese frío sillón a que tu preocupación se convierta en realidad, pero ese día nunca llega. Tu desasosiego aumenta junto con tu deterioro físico, ¿qué te está pasando? Te cuidas cada vez más pero tu cuerpo ha decidido consumirse como un cigarrillo que espera en el cenicero. 
Ya no tienes don de la palabra, tu intelecto también se está viendo afectado; Enserio me tienes preocupada ¿en qué piensas que te tiene tan ensimismado? No contestas. Estás ahí, quieto, mirando la nada. No pareces triste, sólo ausente. Te levantas sin hacer el más mínimo ruido y te reflejas en el espejo. Suspiras para luego sonreír; No se puede hacer nada contra una preocupación de algo que no existe, sólo esperar a que se haga realidad o desiste.

Cuando presientes que todo acabará pronto tu vida deja de cobrar sentido.

domingo, 10 de octubre de 2010

TAN GUAPA COMO SIEMPRE

Llegó mi gran día. Hoy celebro una fiesta muy especial en la que no pueden faltar familiares, amigos y conocidos. Van a estar todos, ninguno de ellos quiere perderse esta fecha tan importante para mí.
Para este gran día no puedo aparecer con cualquier cosa, así que mis padres han decidido ponerme en manos de un estilista que se encargará de peinarme, maquillarme y elegir el vestido que mejor me luzca.
Tras varias horas interminables de estilismo salgo a la calle, y como si de una princesa me tratase me espera un mercedes a manos de un apuesto conductor que me llevará al lugar de encuentro.

Bajo del coche. Todos permanecen expectantes.
Por fin estoy aquí rodeada de mis seres queridos, pero yo como de costumbre estoy sumergida en mi mundo de fantasía, un mundo que me aleja de la realidad. Mi entrada triunfal no ha conseguido que descienda de mis nubes de algodón.
Por momentos puedo apreciar como murmullan los aquí presentes pero sin llegar a entender el mensaje. Soy una mosca en un enjambre de abejas, observo nerviosa mientras todos danzan a mi alrededor al compás de la misma sinfonía; parecen conspirar contra mí, o quizás me tengan preparada una gran sorpresa.
Es extraño, todos tienen la mirada perdida, si acaso triste. Sin embargo, yo desbordo felicidad a mi manera, estoy en armonía. A pesar de permanecer en mi burbuja me alegro de poder saludarlos uno por uno, pero faltan las sonrisas a las que me tienen acostumbrada, sólo veo rostros inertes en cada uno de ellos. La última en saludar es mi querida madre.
- Tan guapa como siempre. – Me musita al oído mientras roza mi frente con su mano.

De repente, gritan mi nombre. Me comienzan a colmar de flores, ¡muchas flores! Siguen llamándome. No he ganado ningún concurso, no es mi cumpleaños, no es el día de mi boda ni mi despedida de soltera, es mi funeral.
...

- ¡Ten cuidado, no vayas a correr con el coche! – Me advirtió ayer mi madre. 
Ni le contesté. Tenía prisa, llegaba tarde al trabajo y no me apetecía escuchar sus paranoias.
Llovía demasiado y yo conducía a gran velocidad. La niebla dificultaba mi visión de la carretera y quizás la gravilla del asfalto ayudó al trágico final. Segundos después vi mis gafas rotas a veinte metros de distancia. Mis manos se tiñeron de un rojo azabache. Sentía púas en mi rostro, y entonces solté una lágrima, ni tan siquiera la escuché. Cerré los ojos y caí en un sueño eterno.

martes, 27 de julio de 2010

SIETE MÁS UNO

Era una noche otoñal, el barrio había sufrido un apagón y el frío invadía los rincones de mi hogar, así que prendí un par leños en la chimenea. La habitación adoptó un color anaranjado mientras el sofá lucía un tono rojizo que se proyectaba en la pared. A pesar del ambiente tan caldeado mi piel seguía erizada, tenía la sensación de que siete ojos me observaban. No paraba de dar vueltas por aquellos doce metros cuadrados e impulsada por el nerviosismo cogí un paquete de cigarrillos que se dejaba entrever en el bolsillo de aquella chaqueta de hombre. Me temblaba el pulso y encendí el pitillo como pude mientras el gato rozaba mi pierna para que lo acariciase. Me senté en el sofá y totalmente ensimismada observé el fuego, aquellas llamas parecían componer la sinfonía de una noche apasionada. Mi peludo amigo se subió a mis piernas y comencé a acariciarlo lentamente, ronroneaba, parecía disfrutar de la suavidad de mis manos recién lavadas. Era tan suave... Pronto dejó de agradecerme las caricias, cesó su ronroneo. Parecía inquieto, pero logré calmar su miedo. Hice que dejase de respirar, estaba alterando mi parsomonia.
Me levanté algo neurótica y me dirigí hacia la cocina. ¡Uffff! Casi me resbalo al pisar algo de textura pegajosa, suponía que sería los restos de comida del gato. ¡Siempre esparciéndolo todo!. No veía nada entre aquellas cuatro paredes, una espesa oscuridad irrumpía el alicatado. Me puse a buscar la linterna en los cajones de la encimera iluminada tan sólo por mi octavo cigarrillo. Dirigí la luz al suelo y ... ¡Menuda sangría! Seguí el rastro con el foco hasta que di con el objeto en discordia, seguidamente tenía un ojo medio reventado mirándome fijamente en mi mano izquierda.
¡Lo encontré! – Exclamé exaltada. Lo había estado buscando durante dos días.
Llena de esplendor y satisfacción fui al comedor.  Encendí un par de velas en la mesa y saludé a mis cuatro comensales que llevaban esperándome paciéntemente más de tres noches. Me senté de anfitriona y di comienzo a la cena, eso sí, después de colocar el ojo en la cuenca de mi padre.

miércoles, 21 de julio de 2010

DEMASIADO TARDE

La quise tanto que cuando ya no estaba en mi vida olvidé todo lo que forjamos. Olvidé esa felicidad que le prometí antes de marcharse, olvidé cómo dar cariño a mis seres queridos, olvidé la comida y me ahogué entre botellas amargas, olvidé ser fuerte y ser un modelo a seguir para mis hijos, olvidé ser padre.
Botella en mano cada noche emborrachaba mis neuronas de alcohol y vinagre para olvidar, para borrar de mi memoria todos los recuerdos bellos en los que salía ella, para borrar las sonrisas de mi pasado, los llantos de mi presente.

Envuelto en una oscuridad total acababa desmayándome ebrio de todo el veneno que corría por mis venas.
Como cada mañana sonaba el timbre. Me despertaba de mis sueños y yo reacio a cualquier estímulo permanecía vacuo en aquel suelo encharcado por mis lágrimas esperando que dejara de sonar. Se hacía el silencio de nuevo y comenzaba esos afónicos llantos en mi cabeza, horas y horas de gritos que no cesaban, que no dejaban que volviera a caer mi cuerpo inerte al frío mármol de mi habitación.

Pasaron días e incluso meses.
El timbre dejó de sonar, desaparecieron los llantos y comencé a reaccionar. Le prometí ser feliz, le prometí que cuidaría de nuestros hijos y miradme, ni tan siquiera fui capaz de cumplir la única promesa que le hice a la mujer que más quise en este mundo, su único deseo antes de marchar, ser feliz por ella.
Me levanté eufórico y con ganas de comenzar a cumplir lo que prometí. Lancé la botella por la ventana y salí de mi guarida como alma que llevaba el diablo, pero ¿dónde estoy? No estaba en casa. 
- ¿Qué hago aquí? ¿Dónde están mis hijos? - Pregunté a una mujer de bata blanca que había por allí.
- Al fin has vuelto con nosotros. - Contestó.
No comprendía que estaba pasando. Aquella joven llamó a seguridad y junto con otro ente de vestimenta tibia me acompañaron a una sala. Me sentaron enfrente de ellos y comenzó mi descenso al infierno.
- ¿No recuerdas nada? - Me preguntaron.
- Sólo el sonido del timbre y un llanto incesante en mi cabeza que dejó de sonar hoy. - Respondí.
- No contestabas a la puerta y sus vecinos se vieron obligados a llamar a la policía debido a los llantos continuos que provenían de su casa y el mal olor tedioso.
- Entonces, ¿todo aquello no era producto de mi imaginación? - Pregunté anonadado.
- No. Lo sentimos mucho. – Me respondió el doctor con voz rota.
- ¿De quién eran esos llantos? ¿Mal olor? Lo entiendo, pues ni tan siquiera me duchaba.
- Eran los de su hijo pequeño al que encontramos muerto en su cuna por falta de cuidados junto con su hijo mayor que yacía en la cama producto de pastillas antidepresivas por verse sólo en esa situación. – Me contestó el policía apáticamente.
En ese momento mi vida acabó.
Preferí autocastigarme y lamentarme olvidando mi deber como padre. Olvidé llevar adelante a la sangre de mi sangre, borré mis recuerdos de forma tan contundente que me deshice de lo que construimos juntos, lo único que me quedaba de ella, mis hijos. Fui egoísta y me sentenciaron a cadena perpetua, a pasar toda mi vida encerrado en este abismo del que ni la muerte me librará pues permaneceré para siempre en el limbo.
Dejé pasar tanto tiempo que cuando quise reaccionar ya era demasiado tarde.
Me llevé a la oscuridad a mi propia familia. Ahora sí tengo motivos para morir de pena.

jueves, 8 de julio de 2010

VIVIR PARA MORIR

Pensamientos rumiantes que me hacen pensar que no viviré mucho más, moriré pronto.
Qué sentido tiene para mí la vida si no es más que un continuo calvario que no cesa. Todos los días son terriblemente parejos, hoy fue igual que ayer y mañana será igual que hoy, otras veinticuatro horas que no me aportan nada, tan solo lágrimas.
He de reconocer que esta tarde me asomé a ese puente que tanto me gusta y mis pensamientos empezaron a aflorar. Tenía ganas de volar y sentir por última vez la brisa en mi cara, pero aún no era el momento, no estaba preparada. Seguí mi camino con desazón
¿Sabéis esos días en que tenéis esa sensación de vacío, tristeza, desesperanza y melancolía que te llevan a pensar en lo peor? Ese es el sentimiento que inunda mi vida día tras día hasta donde alcanza mi memoria. Nunca he sido feliz por más que lo haya tenido todo, siempre hay algo que me entristece y me hace desear morir, de hecho, sueño que muero pero justo en ese momento despierto y lloro porque sólo ha sido un sueño.
Ni os imagináis las innumerables veces que he intentado ser optimista y pensar que el año que viene me irá mejor y comprobar que es peor que el anterior, que esto no tiene fin, que no me lleva a ninguna parte. Acabo deseando que me pase por encima un vehículo al cruzar el paso de cebras. Deseo ser capaz de subirme a la barandilla de ese puente y echar a volar, deseo que una bala perdida me atraviese la frente, que un desconocido me empuje por un acantilado, que me caiga en la cabeza accidentalmente una maceta desde la ventana, que deje de latir mi corazón de la pena, deseo morir.
Quizás penséis que he de estar orgullosa por ser quién soy, por estar donde estoy y por tener a la gente que tengo a mi alrededor, y lo estoy, sólo que no quiero vivir. Nunca entenderéis lo que pasa en mi mente, porque no lo comprendo ni yo. Nací sin motivación, sin esperanza, siempre he sido así, depresiva. Vivo con el deseo constante de que llegue mi hora.
Sé que viviré más años de los que me gustaría, pero no creáis que serán muchos más. Si sigo así quién sabe quizás mañana ya no esté aquí, pero no lloréis, sonreíd, porque al menos habré conseguido ser feliz.

sábado, 8 de mayo de 2010

QUERIDA SILENCIOSA




Soledad Sin Calzada
C/ San Vacío, nº Ninguno
CP/ 13666
En San Francisco, a 7 de Agosto de 1969


Querida Silenciosa qué decir que ya no sepas, porque allí estabas tú.

Sola, así era como pasaba las horas antes de conocerte. En un banco del parque desayunaba todas las mañanas acompañada por el cantar de los pájaros y el murmullo de la gente que pasaba por mi lado con cara desencajada. Allí estabas tú, pero yo inmersa en mis fantasías no notaba tu presencia, pues mi manía persecutoria te borraba de mi foco perceptivo. Voces que decían, voces que criticaban, voces y más voces que me dañaban. ¡Maldita sea! ¿Por qué no se callan? Más gente y a su vez más voces. No conseguía verte, el zumbido de un mosquito me distraía y el llanto de un niño me irritaba. ¿Por qué no se calla? 
Sonó la campana. Agitada me levanté, me dirigí a clase y allí estabas tú, sentada, mirándome fijamente, parecías llamarme con tu silencio y así fue, me senté a tu lado alejadas del resto de la clase. ¡Qué agradable! Al fin alguien que no decía, que no murmuraba, que no criticaba. Te miré. Me miraste. Te sonreí. Me sonreíste. Agachando la mirada sonrojada sentí tu aliento recorrer todo mi ser. Hasta ese momento no recuerdo una sensación tan hermosa como tu resuello en mi cuello, una brisa fresca que me llenaba de energía y paz interior. A partir de ese día nos hicimos inseparables, tú, yo y mis historias inalcanzables. Ya no volví a desayunar sola en aquel parque. Estaba contigo acompañada por las voces de esos primates, voces que decían, voces que criticaban, voces que reían, pero ¿por qué no se callan? Y ahí estabas tú. Me hacías olvidar aquellos sonidos virulentos que penetraban todos mis sentidos; Me rozabas la mano y erizando toda mi piel calmabas mi ser más inicuo, ese que estaba deseando salir para cometer el mayor de los pecados.

Pasamos largas horas en casa frente al espejo; Me peinabas. Te peinaba. Me sonreías. Te sonreía. Siempre estabas ahí cuando lo necesitaba. Eras la única que me escuchaba, que me entendía, que me aconsejaba. Dibujábamos paisajes en las paredes mientras las voces de mis padres decían, murmuraban, gritaban. “¿Qué estás haciendo?” “¡Para!”
No necesitaba a nadie más, ni siquiera a mi familia, todos representaban un incordio. ¿Por qué no me dejaban ser feliz a tu lado? Quisieron separarme de ti. Pensaban que estaba loca, que por hablar contigo había perdido toda la cordura. Aún así nos veíamos pero cada vez menos, esas pastillas del diablo me hacían olvidar todo tu recuerdo. No lograba recordar donde quedábamos, a qué hora te veía, a qué hora nos despedíamos. Dejamos de vernos. ¿Qué pasó? ¿Dónde estás? Te echo de menos.

Estoy entre cuatro paredes blancas otra vez sola. ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? No lo recuerdo. ¿Y mi familia? ¿Por qué no sé nada de ellos?
Voces extrañas procedentes de gente con bata blanca hablan, murmuran, dicen que presento ideas delirantes, alteración de la percepción, distorsión del pensamiento, aislamiento, negación de la realidad y abulia, diagnóstico esquizofrenia paranoide. Hace poco me regalaron un espejo y te vi, eras mi reflejo. ¡Sabía que no me abandonarías! Ahora, cada mañana al despertar me dirijo al gran cristal que hay colgado en la pared para poder verte. Me pongo justo enfrente y allí estás tú. Te miro. Me miras. Te sonrío. Me sonríes. Agacho la mirada sonrojada y recibo un hálito de aire en mi cuello que me alegra la mañana. Porque sé que existes, yo te veo, pero nadie lo admite. Quizás andan más preocupados en las voces que dicen, que critican, que murmuran al igual que hacía yo antes. He dejado de tomar esos caramelos de colores que me borraban tu recuerdo. Ahora soy feliz porque estás aquí, callada, sin decir nada.
Porque creo y creeré en ti.

Soledad Sin