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jueves, 1 de junio de 2017

HECHA PARA TI


Me hicieron para ti; fabricada con sonrisas que otros no quisieron y lágrimas olvidadas en el suelo. Nací de tus sueños, de tus anhelos y de tus más íntimos deseos. Tu mente me diseñó sin pretenderlo como vía de escape de este mundo turbulento. Surgí de las motas de polvo que se acumulaban entre tus dedos. Crecí detrás de tu espejo oculta tras una capa de cristal que no te dejaba ver la realidad de este incomprendido cuento. Tomé forma en un universo paralelo donde la utopía de la imagen que habías creado de mí se hacía de carne y hueso. Maduré sin ti pero para ti sin ser consciente de ello, pues mi mente era ajena a tu existencia más mi alma estaba arraigada a tu cuerpo. Me crearon exclusivamente para ti; me implantaron un idioma nuevo con el que tú y yo entendernos, un lenguaje lleno de extraños algoritmos que sólo para ti y para mí cobrara sentido. Me hicieron para ti; cosida con parches que otros zurcieron y ensamblada con clavos de malos carpinteros. Nací de tu soledad, de tu rabia y de tus lamentos. Surgí de ese gran vacío que llevabas dentro. Y no, no soy tu álter ego. No soy tu orgullo ni tu desespero. No soy tu autoestima ni tu veneno. No soy la sombra de tus recuerdos ni el lápiz con el que escribes tus deseos. No soy tú y tú no eres yo. Vivíamos en mundos paralelos, cada cual con sus vidas sintiéndonos extraños en una novela de lobos y corderos, sintiendo que no era nuestro lugar, sintiendo que nos estábamos consumiendo en un espeso mar negro. Y fue ahí, justo ahí cuando tu corazón me llamó con tanto ahínco que, tras muchos años de incomprensión y sufrimiento, aquí estoy; hecha para ti, extendiéndote la mano para huir de aquí. 

jueves, 7 de noviembre de 2013

NIÑO ROBADO

Nueve meses sintiendo cómo ese pequeño ser crecía dentro de ella, cómo se alimentaba gracias a ella. Sus quince quilos de más, sus hinchados pies y su tripa a punto de estallar se quedaban en una simple anécdota cuando le mostraban la ecografía de su bebé, la mejor estampa que una persona puede tener. Una vida formándose dentro de ella. Sus dolores de espalda y su caminar pesado no significaban nada, tan solo deseaba que llegara el gran día para poder coger en brazos a su pequeña criatura.
La espera fue efímera. Sin apenas darse cuenta, estaba de parto. Tres horas después daba a luz a un hermoso niño de cabellos dorados y mofletes sonrosados. Su cansancio no le impidió disfrutar de la hermosa sinfonía que provocaba el llanto de su hijo en sus oídos. Llora, llora y llora. Unos fuertes pulmones que avecinaban una salud de hierro. Tres minutos después... Silencio. Se llevaron lo que más amaba sin darle la oportunidad de coger a su bebé. La dejaron sola, como una flor marchita que ya no da vida. 
Acompañada por las cuatro paredes frías que forman el paritorio, escucha a otros niños llorar. ¡Cuándo veré a mi hijo! Grita sin cesar. La espera se está demorando demasiado, y no es bueno que un recién nacido pase demasiado tiempo alejado de su madre. ¡Quiero que me deis a mi niño! Grita desconsolada. Nadie la recibe. Nadie contesta a sus preguntas. Media hora más tarde, un señor que dice ser pediatra del centro hospitalario le informa del repentino fallecimiento de la criatura. ¡No le creo! ¡Déjeme verlo, por favor! Suplica la joven madre. Sin mediar palabra, el hombre sale de la habitación al igual que entró; frío y calculador. Pero esta muchacha no iba a quedarse sin hacer nada, ¡le habían arrebatada lo único que tenía en la vida! Sin familia y sin marido no tenía nada que perder. Se levantó rápidamente de la mesa camilla en la que descansaba, y arrastrándose por el suelo recorrió todas las habitaciones en busca de su pequeño. Cuál fue su sorpresa, cuando tras un largo rato, y tras haber dejado un largo rastro de sangre por todas las instalaciones, vio a diez metros de ella a una pareja muy trajeada que recogían de los brazos de una monja a un bebé recién nacido de cabellos dorados y mofletes sonrosados. ¡Es mi niño, es mi niño! Sollozaba mientras se acercaba a ellos arrastrándose con sus brazos. ¡Estás loca! ¡Tu crío murió nada más nacer! ¡Sujétenla y llévenla a su habitación! Increpó la déspota monja de mirada desafiante. De nada valieron sus súplicas. Tres días después le dieron el alta y se fue para casa sola y maltratada.
Diez años más tarde, mientras pedía limosna a las puertas de una iglesia, vio salir a un precioso niño ataviado con un traje de comunión, el cuál destacaba por sus cabellos dorados y sus mofletes sonrosados. Los dos se miraron durante veinte segundos como si alguna vez hubieran compartido algo. La que un día fue una joven muchacha con deseos de ser madre, sonrió. Había comprendido que no hay mayor felicidad para una madre que el que su hijo crezca sano, fuerte y con un futuro prometedor. Y simplemente, lo dejó marchar, a su niño robado.              

jueves, 29 de agosto de 2013

ENMENDAR ERRORES

Quiere escapar de la monotonía, pero las circunstancias se lo impiden. Al igual que la fuerza gravitatoria de la Tierra retiene a la Luna, su entorno lo atrapa impidiéndole viajar hacia un mundo más venidero. Está cansado de ser la marioneta de sus padres. Quiere conocer planetas sin importarle las consecuencias. Quiere abandonar el nido y echar a volar. 
Su vida representa un insulto para su inteligencia; mucho que ofrecer y poco que obtener. Sus ilusiones van menguando y sus capacidades cognitivas se oxidan por falta de uso, nadie le da la oportunidad de demostrar su valía. Su mente se ha vuelto vaga como consecuencia de la ausencia de actividades constructivas. Muestra cierto déficit de atención que le dificulta la comprensión de unas simples instrucciones como puede ser las del mando a distancia. Se siente inútil. Cree que ha perdido aquellas habilidades por las que se sentía orgulloso en sus días de gloria; su resistencia física, su don de palabra, su creatividad, su memoria, su orgullo. Nada es como antes, o eso piensa. Echa de menos aquella época en la que todo era premios y galardones. Añora sus éxitos. Desea ser el hombre ejemplar que un día fue, pero no puede lograrlo, no, no mientras continúe absorto en su bola de cristal.
Tras mucho divagar intenta recordar el momento en el que su castillo de arena se derrumbó. Quizás aquella vez en la que rechazó un trabajo porque estaba seguro de que recibiría una oferta mejor, o tal vez fue aquella otra en la que decidió abandonar su meta para embarcarse en un proyecto que luego no dio los frutos esperados. Echando un vistazo a su pasado cae en la cuenta de que no hubo un punto de inflexión que lo hizo estancarse, fueron varias desacertadas decisiones las que marcaron su camino. No obstante, sabe que no todo depende de una decisión, su carácter sumiso también ha influido a la hora de disipar sus pretensiones. Su miedo a lo desconocido, su terror a la postura de su familia y su conformismo contribuyeron a su involución.
Ahora que ha vuelto a recordar quién es, nada lo volverá a frenar. Ha encontrado sus errores y pretende enmendarlos para comenzar un nuevo porvenir. Se ha propuesto huir de las garras de la desidia y recuperar su álter ego, aquél que lo llevó a la cumbre.  Nunca ha perdido sus habilidades, siempre ha sido esa persona inteligente que destacaba por su potencial físico y mental, sólo que un día olvidó que para evolucionar hay que dejar las raíces atrás.

sábado, 5 de mayo de 2012

VEINTE MÁS

Salió de aquel sitio con la sensación de que le habían tomado el pelo, no comprendía cómo un par de cartas al azar podían adivinar la edad de su futura pareja, ¿dónde estaba escrito eso? ¡Habladurías!” - Pensó.
Ella sólo quería saber si su futuro iba a ser fructífero, si tendría unos hijos sanos y si su vida amorosa sería estable y digna de un cuento de hadas, pero no, la vieja esotérica se centró en la edad de su hipotético novio y el cambio que éste produciría en su apacible y monótona vida. “¡Menuda estafa!”. - Balbuceó mientras iba camino a casa.
 Siempre había sido una chica con unos ideales muy arraigados en cuanto a temas de amor se refería. Su hombre ideal debía tener entre dos y siete años más que ella, de estatura media, complexión atlética y carente de bello corporal. También tendría que tener una carrera universitaria, un trabajo asentado y ser todo un caballero. Sí, así se imaginaba a su ficticio marido, "el hombre perfecto". Quería satisfacer el deseo de sus padres de conseguir un buen yerno para ellos y tener una imagen encantadora para el resto de la sociedad, una imagen nada fuera de lo común que le permitiera pasar desapercibida sin rumores de por medio y a la vez que fuera muy especial para ella.
 - ¡Ey, cuidado! ¡Mira por dónde vas!. - Le gritó a un señor trajeado que iba hablando por teléfono totalmente despistado.
- ¡Qué se creerá!- Caviló. La gente mayor cree que pueden mirarnos por encima del hombro y pisotearnos sin escrúpulos.
- Le ruego que me disculpe bella señorita, la vi de lejos y no pude evitar tropezarme con usted buscando una excusa para conocerla. – Alegó el caballero de una forma muy seductora. Sorprendida por la respuesta del desconocido galán agachó la cabeza y sonrojada pidió disculpas por su mala gana, nunca nadie le había entrado con tanto descaro y a la vez con tanta educación. En cualquier otra circunstancia hubiese pensado que es el típico viejo verde acomplejado por su edad que intenta recuperar su juventud acostándose con chicas a las que le dobla la edad, pero esta vez no presintió nada de eso, había algo en sus ojos que la hechizaban. - ¿Estás bien? No quise ser demasiado atrevido, pero siempre hago caso a mi intuición y en esta ocasión me dijo que debía conocerte, y nunca me gusta llevarle la contraria.
- Supongo que mi intuición o el propio destino también quiso que nos encontráramos hoy en el mismo camino. – Le contestó ella sin apartar la mirada del claro iris de sus ojos.
No era joven, no estaba atlético, no tenía hecha ninguna carrera universitaria y tenía bellos en todo el cuerpo menos en donde tenía que tenerlos, en la cabeza. Eso no le impidió querer conocerlo, había algo en él que la atraía, era muy diferente al resto. A partir de ese día pasaron juntos todas las tardes a escondidas; tomaban café, compartían risas y debatían sobre política.

La estudiante estaba muy a gusto con él y se sentía protegida. Sus vidas no tenían ningún parecido pero eran extrañamente iguales; ambos cansados de una sociedad ignorante que se rige por estereotipos y ambos deseosos de encontrar la perfección en una relación. Seguían pasando los meses y su amistad aumentaban, no podían plantearse una vida en el que el otro no estuviera; la juventud aportaba a la madurez y la madurez aportaba a la juventud, los dos unidos formaban un perfecto equilibrio.
Dieron un paso más, querían fundir sus almas y hacerlas invencibles, hacerlas eternas. Entre el mar y la playa hicieron el amor bajo un cielo estrellado que se convertiría en testigo de la más sincera y bella relación, sin miedos, sin prejuicios, olvidando el que dirán y sintiendo a través del corazón pero con una pequeña diferencia entre ellos; ella con diecinueve años y él con veinte más.

lunes, 24 de octubre de 2011

HUIR



Llegó un punto de inflexión en su vida.
- ¡No aguanto más! – Gritó sin más oscilación. Había sobrepasado el umbral de su paciencia, todo le irritaba y nada le satisfacía.

Suspensos, rupturas, discusiones, fracasos y demás adversidades oprimían su persona. La falta de energía se apoderó de él y el desasosiego se había convertido en una pieza imprescindible en su vida. Dejó atrás todos sus triunfos e ilusiones; su carrera, su trabajo, su afición por el deporte, las fiestas con sus amigos, en definitiva, olvidó vivir.
Se encerró en su habitación con una botella de ron y las lágrimas comenzaron a caer.
-¡A la mierda todo! ¡Necesito huir de aquí! – Su mente repetía y repetía.

Y así pasaba los días, aislado, autodestruyéndose con alcohol y maría.
Mientras su mundo avanzaba él permanecía congelado en el tiempo, sin evolucionar, quieto, tan sólo el cantar de las golondrinas le recordaban que seguía en el mundo real.
- Ten fe – Le susurró una voz aterciopelada. – Ten fe y todo irá mejor.
Acongojado se levantó de las congeladas baldosas de su cuarto y buscó aquella voz por todas las estancias de su casa; miró debajo de la cama, rebuscó dentro del armario, se asomó detrás de la puerta, observó por la ventana pero nada, no había nadie, ni un solo indicio de la procedencia de aquella voz.
- ¿Será verdad que existe algo sin una base empírica? ¿Por qué no creer en hechos inexplicables? ¿Por qué no tener esperanza? – Se preguntaba mientras aún asimilaba lo sucedido entre aquellas cuatro paredes blancas.
Abrió la puerta de la entrada y descalzo comenzó a caminar por el frío asfalto. Aceleró sus pasos. Echó a correr, quería huir de allí. Quería huir de él mismo.
- Tanto tiempo malgastado por mi incompetencia y por no haberme ocupado en conocer mi interior que perdí todo cuanto quería por no ser paciente y no saber actuar. – Pensaba cuando comenzaron a caer sus primeras lágrimas de felicidad.
- ¡Creí que todos estaban en contra mía pero era yo mi único enemigo! – Gritaba mientras sus pies ensangrentados lo llevaban al camino destinado.

Y llegó, llegó a su destino, la playa. Introduciendo su cuerpo en las frías aguas del mar comprendió que no debía huir, que no debía lamentar sus fracasos sino aprender de ellos y utilizarlos para alcanzar nuevas metas, porque la felicidad no se encuentra en los demás sino en uno mismo siempre y cuando se tenga fe.
Empapado regresó tras sus pasos y de nuevo se encontraba en su habitación pero esta vez rodeado de todos sus seres queridos y narrando la experiencia que le había llevado a creer de nuevo en él. La sonrisa volvió a su rostro y la energía recorrió todo sus sentidos. Ya no había opresión ni hostilidad, sólo tranquilidad y paz.

martes, 11 de octubre de 2011

LA ILUSIÓN

Sí, siempre luché por lo que quise, luché por superarme cada día.
Todo en mi vida representaba un reto para mí; los estudios, el surf, la familia, los amigos. Nada ni nadie podía seguir mi ritmo, era yo contra las adversidades. Mi energía era insuperable, mi motivación incomparable y mi capacidad de superación inalcanzable, así era yo, cazadora de notas y domadora de olas.
Ebria por el éxito rotundo de mi persona comencé a divagar por el camino que me marqué en un principio, comencé a desviarme y tomar rutas que no me llevaban a ningún sitio en concreto. Me perdí. Así era como me encontraba, perdida en un mar de fiestas y olvidos. Olvidé todo por lo que había luchado. Olvidé mis objetivos, mis proezas, mis ganas de avanzar y arrebatar el primer puesto a esos anónimos. No era la misma, no comprendía qué era lo que me estaba sucediendo. La apatía comenzaba a hacer estragos en mi futuro. Necesitaba ayuda, alguien que encendiera la mecha que yo me encargué de apagar.
- ¡Te necesito! – Gritó mi subconsciente aún vivo gracias a su esperanza.
- ¡Ey, despierta de una vez! No desperdicies tus capacidades y vuelve a luchar por lo que realmente amas, el surf. – Me dijo mi Pepito Grillo personal.

¡Esa era la clave! Sólo necesitaba alguien que me motivase, que me recordase que tengo mucha valía y que con perseverancia y mucho esfuerzo volvería a ser la de antes, a ser yo. Mis triunfos regresaron, mi motivación se multiplicó por tres y mi satisfacción personal aumentó más de lo esperado. Volví a cazar notas y domar olas. Sí, me siento bien. Cuando vuelve la ilusión todo va mucho mejor; no hay nada imposible, no hay batallas perdidas, sólo guerras que quedan aún por ganar.

A petición de mi amigo Ra. 
Tema: recuperar la motivación por antiguas virtudes/ hobbies

viernes, 4 de febrero de 2011

DESTINO O COINCIDENCIA


Nunca creí en el destino, los sucesos enlazados me parecían una mera coincidencia, quizás por mi desmotivación en la vida la cuál no valoraba, ¡estaba tan ciega! Me rodeaba de gente que no aportaba nada a mi desarrollo personal, claro que yo a ellos tampoco. Me limitaba a estar, no hacía nada por conocer gente interesante, pero tampoco expulsaba de mi vida a esa basura que atrancaba mi puerta. Siempre pensé que estaba destinada a rechazar a las personas para dejarlas avanzar en la vida porque yo no amaba, sólo les rompería el corazón; un rechazo mío era la felicidad de la otra persona la cuál unos días después encontraba al amor de su vida. Pensaba que mi función en este mundo era servir de amuleto a los demás y que alguien como yo no merecía esa suerte. 
Pasaban los años y seguía ensimismada en mi mente caótica llena de penurias y mentiras. Los días cada vez se hacían más largos y duros; despertaba sin fuerzas y pensando... “Otro día más que soportar”. Había olvidado lo qué sentía cuando era joven, cuando era feliz. 

Sentada al borde del precipicio apareció mi ángel de la guarda: - ¡No te tires! No tienes depresión, sólo necesitas aprender a amar para que los demás te amen.
Miré hacia atrás y allí estaba, un hermoso ser que desprendía una luz cálida llena de paz. Apareció de la nada, cuando menos lo esperaba pero más lo necesitaba. Al principio no daba crédito a esa aparición, pensé que no era más que mi conciencia hecha materia, por lo que no le prestaba demasiada atención, sin embargo, tenía que vivir los días posteriores escuchándolo decir que esa tristeza la provocaba yo, que debía cambiar mi actitud y aprender a valorar los pequeños detalles. 
Día tras día, noche tras noche la misma retahíla... “¡Cambia, cambia, cambia! ¡Y podrás avanzar!” Una mañana mi mente se abrió. Me levante con energía, llena de vida y ambición; tenía ganas de mostrar mi amor a todo el mundo, quería ser mejor persona y sacar sonrisas por doquier, ¡esa es mi función! ¡Cómo no pude darme cuenta de las señales! Cada suceso es una pieza del puzzle de tu vida, sólo hay que saber unirlas; rechazaba porque no estaba preparada para amar a esas personas, pues no me quería ni a mí misma. Encontraban el amor al par de días para que yo me diese cuenta que ellos avanzaban y yo seguía estancada, algo estaba fallando en mí. Ciertas amistades fracasaban porque debía ser así, no tenían ningún valor para pertenecer a mi vida. Topé con ese ángel porque tenía que suceder tarde o temprano, estábamos destinados a conocernos para ayudarnos mutuamente y caminar por el sendero de la oportunidad. Si hubiese sabido a amar no hubiese estado depresiva, por consecuente nunca habría rechazado a nadie y no me consideraría un amuleto de la suerte; también hubiese tenido el valor de echar a esos inútiles que me hacían retroceder en la vida, y hubiese llenado esos huecos con gente productiva con la que compartir mi tiempo, por tanto, no habría tenido la necesidad de dirigirme a ese precipicio para poner fin a mi situación y no hubiese conocido jamás a ese ente, pero no fue así. 
Todo pasa por alguna razón. Yo sigo completando mi puzzle ¿y tú? 

A petición de lector anónimo.
Tema: existe el destino o si son meras coincidencias.

martes, 25 de enero de 2011

CUANDO AL FIN TE CONOZCO

Tantos meses esperando este momento; tantas horas dedicadas a leer cada una de tus palabras; tantas historias contadas que forjan una complicidad única; tantos días perdidos a través de la pantalla sin poder disfrutar de tu presencia, y ya ha llegado la hora. Me pongo mis mejores galas, me embriago de mi perfume favorito, saco mi mejor sonrisa y reflejo en el espejo los nervios de esta primera vez. Bajo las escaleras como si se tratase del día de mi boda, con ese brillo especial en mis ojos y el balbuceo de mis tripas. El camino hacia nuestro encuentro se me está haciendo eterno.

Aquí estoy, sentada en un banco esperándote con la sola compañía de esa farola encendida a media noche. Sé que no vendrás solo, que tus caballeros te acompañaran como buen anfitrión que eres.
Mirada enfrente y comienzo a dilucidar tu silueta y esa bufanda roja que te hace resaltar por encima de los demás. Mi cuerpo empieza a reaccionar; aumenta mi ritmo cardíaco, la sudoración se apodera de mis manos y un calor inmenso penetra en mi cabeza, creo que me voy a desmayar.
Te acercas con el más hermoso retozo, me levanto y nos damos un abrazo intenso, ¡al fin te conozco! Había esperado tanto este momento que me he quedado sin palabras, sólo disfruto de la ternura de tus brazos, tu pecho y ese aroma de hombre que comienza a penetrar todos mis sentidos.
Bien, ¿y ahora qué hacemos? Saludo a cada uno de tus amigos con la simpatía que me caracteriza; todos parecen estar encantados con mi presencia, recibo besos y halagos y no por mi físico, sino por mi persona que llena aún más. Entre tanto varón debería encontrarme incómoda, pero ni mucho más lejos, están atentos a mí, me tratan con respeto y educación, y comparten sus experiencias conmigo esperando una contestación recíproca por mi parte, todo eso me hace sentirme bien, especial, única.
Y ahí estás tú, intentando acaparar mi atención con tu conversación; intuyo que estás celoso, que esperabas que mi tiempo sólo lo compartiera contigo dejando de lado a tus amigos, pero no te equivoques, no soy así; no necesito depender necesariamente de una sola persona si estoy rodeada de más gente, me gusta transmitir y compartir.
Sé que piensas que no te estoy mostrando todo mi ser, por eso te pido que nos vayamos tú y yo a tomar una copa si quieres conocerme mejor.

Ya estamos solos, bueno, rodeados de personas desconocidas que permanecen ajenas a nuestro primer encuentro. Nos miramos tímidamente; nos sonrojamos; no sabemos qué decir y comienza mi gran verborrea de anécdotas. No puedo parar, quizás sea producto de mi nerviosismo o del alcohol que está empezando a hacerme efecto, pero me muestras que disfrutas con mi compañía, que sonríes, que eres partícipe de mis conversaciones y eso me motiva a seguir relatándote.
De repente, me dices que salgamos a la pista a bailar. Bailamos. Reímos. Rozas tus labios con los míos y nos besamos. Estoy más tranquila; me siento protegida y sé que me vas a respetar, que no soy una más y lo sabes.

Apagan la música; encienden las luces.
Las siete de la mañana.
Hemos perdido la noción del tiempo, lo que demuestra que nos hemos causado muy buena impresión en persona.
Me acompañas hasta la puerta de mi casa. Nos damos dos besos de despedida y un abrazo. Me dices que te lo has pasado muy bien conmigo y que quieres volver a verme... pero eso ya es otra historia.